A finales de 1948 Patricia Highsmith había terminado de escribir Extraños en un tren, novela que no se publicaría sino un año más tarde. Se acercaban las Navidades, y ella estaba deprimida y escasa de dinero. Para ganar algo, aceptó un trabajo de dependienta en unos grandes almacenes de Manhattan. Solamente trabajó ahí dos semanas y media. En aquel empleo, asignada a la sección de juguetes y concretamente al mostrador de muñecas, una mañana su mirada se encontró con una mujer rubia “(…) con un abrigo de piel. [Que] Se acercó al mostrador de muñecas con una mirada de incertidumbre”. (Highsmith, 1991/2010, p.9).
Y creo recordar [menciona Highsmith] que se golpeaba la mano con un par de guantes, con aire ausente. Quizá me fijé en ella porque iba sola, o porque un abrigo de visón no era algo habitual, y porque era rubia y parecía irradiar luz. Con el mismo aire pensativo, compró una muñeca, una de las dos o tres que le enseñé, y yo apunté su nombre y dirección en el impreso porque la muñeca debía entregarse en una localidad cercana. Era una transacción rutinaria, la mujer pagó y se marchó. Pero yo me sentí extraña y mareada, casi a punto de desmayarme, y al mismo tiempo exaltada, como si hubiera tenido una visión. (p.10).
De aquel incidente, surgió Carol (cuyo título original en inglés es The Price of Salt), fascinante historia de amor entre mujeres sostenida en la solidez de sus personajes, cuyos diálogos evidencian que, en efecto, la autora, como tanto se dijo de ella, contemplaba a los seres humanos como las arañas a las moscas.
Este libro me hizo un mágico guiño cuando trataba de decidir cómo iniciar este escrito que compartiría esta tarde con ustedes, que están tan inmiscuidos en la literatura, y estas palabras que he tomado prestadas de una de las escritoras más geniales que he leído, introducen con exactitud el tema del que quiero hablarles.
Un evento fortuito en la vida de Highsmith le hizo escribir en apenas dos horas el principio, el núcleo y el final de una novela icónica, precursora, valiente y narrada con maestría. En ella, por primera vez en una novela de tema homosexual, no se “castiga” a la subversión de amar a otra igual. En la obra, Patricia se alimenta de un instante y construye un mundo con su pluma. Otra realidad, una de tantas posibilidades que Highsmith salva del “jamás”. Sin la intuición de la autora, el acontecimiento que lo desencadena todo se habría limitado a un encuentro único con aquella dama, sin consecuencias posteriores, y ¿a quién habría de interesarle? Habría sido tan solo como aquellas corazonadas que sentimos al ver a un desconocido y, por un momento, creemos que tiene algo que ver con nosotros, aunque así no sea.
Patricia no es Therese, pero ya no importa porque Therese cobra vida propia a medida que la musa completa los rasgos del personaje que Patricia crea. Carol tampoco es aquella enigmática mujer a quien Patricia miró aparecer y marcharse como se desvanece el sueño al despertar. Sin embargo, al avanzar la lectura un capítulo tras otro en medio de un terrible resfriado que me recluyó en casa un día completo, yo ya no sé qué es la realidad. Therese existe porque invade mis sueños y mis figuraciones. Porque lo que siente lo he sentido. Porque yo también, como ella, he vivido una noche al lado del ser tan anhelado cuando la ropa ya no estorbaba y, debajo de las sábanas, al fin los cuerpos mutuamente deseados, se buscaban y se recibían, como pródiga llovizna en el desierto. Carol es real porque en mi mente ella toma forma en otros rostros y otros cuerpos. El azul de sus ojos se me convierte en verde acuoso. Y su aire un tanto maternal se me transmuta, en lo que para mí mejor satisface mi necesidad de emoción y de placer. Mi recuerdo evoca imágenes de ayer o del quizá, y ya Highsmith me tiene en sus manos. Estoy dentro de la casa de la Literatura.
La experiencia literaria involucra una complicidad entre el lector y el escritor. Quien escribe dibuja la trama, y el lector es quien da vida a la narración y los personajes, con base en su historia peculiar, en su sentir, pensar y estar en el mundo.
Entonces, ¿qué es lo importante de la experiencia literaria, la veracidad de lo narrado, o el poder de persuasión presente en una historia bien contada?
Este planteamiento me permite traer agua a mi propio molino, porque yo acompaño a estudiantes que se inician en la escritura, por el camino de la autobiografía. Sin embargo, son los límites de esta propia escritura –la autobiográfica–, los que me interesa hoy colocar a mayor distancia de la simple veracidad de lo que uno narra, porque si a esto se limitara el escribir nuestra vida, ¿a quién podría importarle como no fuera para hacerla pedazos?
Nuestras vivencias son materia prima para la creación artística. La alimentan. Y tan real es lo que surge de la pluma de quien escribe, como la vivencia que lo inspira. Porque lo que uno coloca fuera de sí por medio de la palabra, es verdadero porque le dimos vida, en primer lugar, en nuestro interior.
Hace algunos meses, no contaba todavía con los argumentos para sustentar esto que digo. Al culminar el primer semestre en que impartí un Taller de Creación Literaria centrado en el trabajo con textos autobiográficos, como parte de la formación complementaria para futuros maestros de la Escuela Secundaria, una de las participantes del taller leyó en una tertulia, un cuento del que yo previamente sabía cómo había surgido. En el cuento una mujer es asesinada. En el suceso que lo inspiró, fue brutalmente golpeada. El cuento se desarrolla en un sombrío motel de Ciudad Juárez. El evento que le dio lugar, ocurrió en un céntrico hotel de Arcelia, en la Tierra Caliente de Guerrero. La voz en que está contado es la de un narrador omnisciente que permite a la autora-narradora, adentrarse en la mente de los personajes y ser testigo de un crimen que traspasa la barrera de una feroz agresión física, al arrebato de la vida de una mujer más en la frontera norte de nuestro país.
En aquella ocasión, un docente que escuchó atentamente el texto presentado, cuestionó.
–Y el escrito de las muertas de Juárez, ¿qué tiene de autobiográfico?
En aquel momento, tanto la autora como yo, improvisamos una débil defensa, aduciendo que el texto surgió de una vivencia. Y después callamos ante la sonrisa de triunfo de nuestro detractor.
Sin embargo, más adelante reconocí en lo que Vargas Llosa (2011) nombra un striptease invertido, una forma de arropar los escritos que surgen de una vivencia, para convertirlos en obras literarias, “(…) disimulando [dice él refiriéndose a la novela, sin embargo, aplica de igual manera para otros géneros narrativos] bajo espesas y multicolores prendas forjadas por su imaginación aquella desnudez inicial, punto de partida del espectáculo”. (p.24).
Este recurso, aplicado en sesiones de trabajo de escritura con noveles artistas del Taller de Creación Literaria “Ethel Krauze”, ha redundado en textos mucho más creativos, que si los autores de estos se enfocaran en recuperar fidedignamente cualquier suceso de su vida que desearan contar.
¿Cómo se hace un striptease literario a la inversa? Es sencillo. Uno puede modificar los escenarios adonde transcurre la historia, por ejemplo, si el evento a narrar tuvo lugar en Cuernavaca, diré que ocurrió en Iguala. Si tuve cierto amorío clandestino, puedo cambiar del personaje inspirado en quien me hizo sucumbir; su oficio, estatus socioeconómico, nombre, ¡o hasta su sexo! Incluso, puedo introducir personajes que no existieron en el suceso verdadero. De esta manera estoy vistiendo literariamente una vivencia que, al ser narrada, sustituye a la otra sin ser menos real que aquella porque, al fin de cuentas, si declaro que mi escrito es lo que pasó de cierto, su credibilidad dependerá más de mi astucia y pericia para contarlo, que del grado de verdad que exista en lo narrado.
Lo interesante es que, llegado un momento, ya el lector es cómplice del escritor y no juzga si es real lo que se cuenta, sino que acepta que es real porque está bien contado.
De esta manera, traspasamos la frontera artificial entre la autobiografía y la ficción porque toda obra literaria, en consonancia con Vargas Llosa, tiene una base autobiográfica.
Como en la novela de Patricia Highsmith, quizá haya quien hurgue en lo que pudieron haber sido los deseos no confesados de la autora e intente sacar conjeturas. Pero quien sabe del goce literario, reconoce que lo importante no es eso, sino el arte con que está narrada la historia.
¿A quién pudiera al fin de cuentas importarle, si la autora tuvo alguna vez deseos sexuales hacia otra mujer, o si obedeciendo a esto vivió un romance tan intenso e inspirador como en su novela? Aquel que busque en la obra una experiencia estética y no un chisme sobre quien la escribió, obtendrá lo que desea sin más respuestas, que las que Highsmith le otorgue a su intelecto y emoción, en el mundo declarado ficticio por ella misma.
Los textos vestidos que resultan del striptease a la inversa, son literarios en la medida en que son persuasivos y consiguen el efecto en el lector, de que viva –como lo hace el escritor–, otras vidas posibles.
En ese arropamiento ayudan –entre otros aspectos– nuestras experiencias en su totalidad, el empleo de distintas voces narrativas, y la construcción de los personajes que, a veces, resultan de la interesante mezcla de varios seres que se amalgaman en la imaginación del autor.
A través de los recursos literarios uno puede vestir artísticamente lo que escribe. También, evidentemente, son necesarias las vivencias que nutren los sentidos y estimulan la inteligencia, porque sólo esto, nos permitirá como a Highsmith, mirar a los demás con atención y conocimiento de la condición humana.
De cada encuentro fortuito o inesperado y cada vivencia que nos es significativa podemos escribir. A partir de cada recuerdo, de un desamor o de una pasión que nos arrastra como bronco y caudaloso río. No obstante, para transitar de sólo contar nuestra vida con apego absoluto a lo acontecido, a considerar que lo vivido también es materia prima para crear arte, se precisa de práctica y el acompañamiento de un escritor más experimentado y hábil.
La narrativa autobiográfica puede ser un arte si además de dar cuenta de un hecho, lo contado nos dice algo, nos hace pensar o nos emociona. Esto puede depender de lo bien que sepamos desnudarnos o de cómo aprendamos a vestirnos, literariamente hablando en ambos casos. De una u otra forma, sin excepción, se respira la esencia de quien escribe –a veces de forma evidente y, otras, subyacente–, en toda obra literaria.
Obras citadas
Highsmith, Patricia (2010) Carol. España, Anagrama.
Vargas Llosa, Mario (2011) Cartas a un joven novelista. México, Alfaguara.
En el emocionante momento de leer mi ponencia en el Foro "La práctica educativa como escenario de innovación", celebrado el 2 y 3 de diciembre en el Centro de Actualización del Magisterio de Iguala, con participantes de Guerrero, Michoacán, Morelos, el Estado de México y el Distrito Federal.
En la imagen, con mi amigo Rafael Román Miranda del CAM Acapulco y la bella Sol Manzanares, del Taller de Creación Literaria "Ethel Krauze", mejor conocidos como los Locos Escritores.
