domingo, 18 de septiembre de 2011

La literatura como experiencia

Como la flor, por Rosario Román Alonso, artista guerrerense. Colección particular: Casa del Cirián

Hermes Castañeda Caudana
“¿Otra galletita?” “¿Me pasas las galletas, por favor?” Se escuchaba un susurro por aquí y otro por allá, en tanto ningún estudiante se distraía verdaderamente de la clase. ¡Cómo hacerlo! Si el ambiente era propicio para debatir, aportar y aprender.
     –Estamos viviendo una experiencia como en el origen de las tertulias alrededor de las fogatas –nos explicó Ethel, nuestra maestra, y prosiguió–: Todo inició por la necesidad de los seres humanos de contarse el cuento de la vida, degustando alimentos y bebidas. Sólo en ese ágape pudo crearse la cultura.
     De inmediato, mi imaginación voló: sentados alrededor del fuego, nuestros ancestros comparten el producto de la ardua jornada de caza mientras se ponen al día. Conversan, se escuchan. “En ese tiempo –pensé– surgió la literatura”. Con el arte de narrar historias. Historias que convierten a las personas en sus narraciones. Mezcla de fantasía y realidad. De ideas y sentimientos.
     Al volver de mi ensoñación, escuché que la maestra afirmaba con sabiduría:
     –Por eso la literatura no es un conocimiento sino una experiencia, porque ¿quién habría coartado a cualquiera que tenía una historia qué contar ante el calor y la luz de una fogata, para que no lo hiciera? ¿Quién se atrevería a decirle a otro, “no, tú no puedes contar tus vivencias, porque no conoces las reglas del buen decir”? Incluso hay una anécdota interesante sobre esto que hablamos, protagonizada por Alfonso Reyes –continuó, en tanto cada uno, sin excepción, mordía una galleta de mantequilla sin apartar los ojos de Ethel, esta vez acompañada al frente del aula por un humeante café y no por su habitual Coca cola light–. Durante una temporada de descanso en el campo –prosiguió mi maestra–, Alfonso olvidó en la casa de sus anfitriones el libro que llevaba consigo, La Ilíada y, un año más tarde, cuando el escritor volvió al mismo lugar, ¡alguien había leído la obra! Según se dejaba ver en las huellas del ejemplar ya mencionado. El curioso lector de Homero, al tener oportunidad de comentar sobre lo leído, con Reyes, resumió su impresión en una frase: “…hoy me parece que los hombres son más grandes”. Éste –concluyó entonces el escritor– es el sentido de la literatura. Por eso –agregó Ethel al final de su narración–, la literatura no se trata de técnica sino de actitud. La literatura es una experiencia.
     Para ese instante, algunos tomábamos notas apresuradamente, con miedo de perdernos algún detalle de las explicaciones de Ethel, o bien, no degustar como era debido, un buen postre. La caja antes llena de ricas galletas iba disminuyendo su contenido. Nuestro entendimiento, se colmaba.
     –Por eso –remató Ethel ante su grupo, engolosinado por la interesante charla–, en la educación formal debe buscarse el acercamiento a la lectura y la escritura, por medio de experiencias donde sea posible vivir lo literario, disfrutarlo.
     –Sin embargo, aportó Juan Luis –el culpable de nuestra desenfrenada gula de galletas–, ¿cómo pueden profesores que no han tenido tal experiencia, transmitirla?
     Algunos enmudecimos. Efecto que suelen tener ciertas verdades que los aludidos preferiríamos no escuchar. Porque la afirmación hecha por él, se refiere a una mentira enmascarada como verdad: la de que en la escuela se promueve el acercamiento de niños y jóvenes a la literatura.
     Este tópico me hizo pensar mucho. En la actualidad, leer y escribir son actividades naturales en mis días. No las considero obligaciones porque forman parte de quién soy. Sin embargo –y aquí se confirma la opinión de mi compañero de clase–, yo continué mi formación como lector una vez terminada la carrera de maestro –mucho después de iniciarme con los pasquines que leía de niño–, gracias al contacto con amigos que eran grandes lectores. Yo deseaba conversar con ellos, saber de qué hablaban, conocer los secretos ocultos en los libros que leían. Mi encuentro con la escritura, tal y como asumo ahora a la experiencia de escribir –impulsada desde mi necesidad de hacerlo y que tiene destinatarios que recrearán con su lectura lo que yo escribo–, por igual, tuvo lugar una vez que concluí mis estudios como profesor. En ambos casos, fuera de la educación formal.
     No dudo que haya maestros que vivan la literatura como experiencia y así lo compartan con los estudiantes –y lo afirmo porque yo también puedo hablar de algunas vivencias al respecto, de cuando fui maestro de primaria–. Pero, ¿y quienes no? ¿De qué forma puede inspirar el amor por los libros o la creación literaria alguien que no lo conoce?
     Como ya lo dijo Daniel Pennac en Como una novela, “el verbo leer no soporta el imperativo”. Escribir tampoco. Como tampoco leer es descifrar ni escribir es copiar. La literatura no es un conocimiento, como bien dice mi maestra Ethel Krauze. Es una experiencia que, antes de ser vivida por los estudiantes, tendría que ser disfrutada por los maestros. Para saber qué se siente.
     ¡Qué bárbaro, Juan Luis! –pienso ahora– ¡Lo que pueden hacer las galletas de mantequilla!  Ni más ni menos que ayudarnos a recordar que la esencia de las tertulias es sentarnos, como nuestros antepasados, en torno a una fogata y degustar a la par la comida y la palabra. Es también, recuperar la voz y el gozo por la literatura –la que se vive como se respira, se ama o se sueña, sin artificios–. A través de experiencias así, nos reconocemos en las historias que otros han contado, hallamos en ellas lo que nos hermana como seres humanos y, también, recordamos que el cuento de la vida nunca termina y, siempre, hay lugar para una historia más: la tuya, la mía, la de todos. La nuestra.

No hay comentarios:

Publicar un comentario